Lomas de Chapultepec (Guerrero)

Las del sur del país son muy diferentes a las de la capital de México, el evidente contraste y este gran reportaje invitan a la reflexión.

Dos veces hicimos las maletas y dos veces nos quedamos vestidos y alborotados. El fotógrafo y su servidora no podíamos completar la misión por angas o por mangas: que las lluvias, que la violencia. Por fin tomamos ese avión a Acapulco. Al acudir al mostrador que expende boletos para "Taxis autorizados", la empleada nos lanzó una mirada incrédula. ¿Cómo que queríamos tomar transporte público hacia Lomas de Chapultepec? "Uy, no, chicos, para allá puro taxi, dice. Nos cobró 450 pesos y eso me convenció de que nadie del ejido trabajaría por estos lares, ¿qué pelado en sus cabales pagaría semejante monto diario para transportarse".

Don Rosendo, nuestro chofer, ya tenía sus años en el puerto. Bajó de la montaña por trabajo y se quedó por matrimonio. Saliendo del aeropuerto, se enfiló hacia Barra Vieja y de camino pudimos observar todavía los estragos del huracán Manuel. Caray, menos mal que no se les ocurrió ponerle Manuela al meteoro, si no, qué méndiga albureada.Pasando la zona Diamante, los condominios y hasta los hotelitos más apartados, por fin empezamos a ver los anuncios de diversos hostales y restaurantes ya más caseros. La mercadotecnia en un lugar como Barra Vieja ?a unos 30 minutos de Acapulco? es importante, ahí competían changarros con nombres de baladistas: uno era el Yuri, y más adelante el Lucero. Pero el que les parte a todos su mandarina en gajitos, es el más popular: el de Don Beto Godoy. Algunos hasta aseguran que fue el creador del pescado a la talla. Miramos melancólicos alejarse el anuncio y la promesa de semejante delicia culinaria para internarnos en la selva, carretera de por medio. 



A nuestra izquierda corre un enorme tubo azul reluciente de nuevo. El chofer comenta que ahora le dio al municipio por sacar agua de la zona (de cariz ejidal) para llevarla hasta el centro de Acapulco y surtir los hotelotes y edificios más pomadosos que por su estatus e importancia en la escala social, lo merecen más que estos renegados campesinos. Un letrero de concreto, no de esos metálicos pintados de verde, sino de concreto y repellado muy mono decorado con colores chillantes: amarillo huevo, naranja y verde bandera anuncian que está uno en territorio ejidal de las Lomas de Chapultepec. La exuberancia del paisaje no te prepara para lo que has de encontrar más adelante.

Lomas de Chapultepec no es ni por mucho el lugar más pobre de Guerrero. Para eso está la Sierra. Sobre todo la del lado de Tierra Caliente. Tan jodida por los elementos naturales y los malos gobiernos. Y ahora tan asolada por los criminales. Sin embargo, está muy lejos de salir bien librado en cuanto a "bienestar social" se refiere. Lomas de Chapultepec es muy parecido a otros ejidos como Tetecalita en Morelos y demás. Es un pueblo donde la minicarretera es la calle principal. Y de ahí se desprende una telaraña de callejuelas. Unas pavimentadas, otras no.Lo que complica más la situación de esta comunidad, es que vive justo la transformación de ejido de cultivo a "pueblo bicicletero", con todos los vicios de una macrociudad y ninguno de sus beneficios.

En menos de lo pensado y acabando de pasar la base de las rutas o peseras, que son autos Nissan donde trepan a más de seis, nos damos con un palmo de narices frente a una obra de grandes dimensiones. Trascabos y grúas trabajan sin cesar. Tratan de volver a unir este ejido con el pueblo de Tres Palos, ya que las recientes lluvias arrasaron con un puente, que les tomó 45 años ver realizado. Chale, cuando hay pa’ carne es cuaresma.Por lo pronto les juntaron cerros de arena apisonada para poder transitar bajo su propio riesgo, porque ese vado se lo va a llevar el primer aguacero que les caiga fuera de temporada.ç

Reversa y nos detenemos en un jacal muy destartalado. Aquí las construcciones son de tabicón y concreto a diferencia de la sierra, donde son de palos. Sin embargo, estas casas nunca conocieron arquitecto y crecieron caprichosas con paredes y hasta techos extendiéndose sin sentido, según las ideaba algún maistro que veía mucho más allá de lo que los recursos alcanzaron, o sabrá Dios qué influencia perversa de Gaudí torció esos planos alguna vez sensatos.

Ahí, en lo que tal vez iba a convertirse en el portal de una casita de pueblo en la playa, de un azul mugroso, alguna vez blanco, sentados a la sombra, dos locales conversaban. Me atreví a romper el encanto. Pregunté si podía sentarme con ellos, a lo que accedieron sin curiosidad y sin asomo de falsa etiqueta. Nadie se levantó, nomás miraron cómo buscaba un banco cojo que apilaba cerros de papel periódico muy viejo. Aduzco que ahí se vende algo pero no alcanzo a entender qué. No veo refrigeradores, mostradores, nada. Pregunto si tienen un refresco. O un agua. Y el más voluminoso de los personajes se sumerge en la oscuridad del cuarto más próximo y me saca una botella de litro y medio de refresco. No hay otra. Ni  modo. Alguno tenía que ser el pretexto para comenzar la plática. 


Y funcionó, porque ambos personajes se fueron como hilo de media.

Es moreno, bien tronado y de sonrisa luminosa, fuerte y bien conservado, se desparrama en su silla de diseño retro como cono tejido con hilo plástico. De esas que bien lavada y en cualquier tienda de la Condesa, te dejarían caer en un varo. Frente a él, sobre cajas, bolsas y a sus pies, algunas botellas de pet con líquido color rosáceo de diferentes tonalidades.

 

"Aquí con las lluvias no nos fue tan mal como en otros lugares. Pero aquí está la cosa difícil. Acá ya no se siembra. Yo trato de vender gasolina, agua, refresco, cervezas. Lo que se da. Cómo cree que va a salir, si vendo 50 litros al día a 15 pesos y la compro a 12.50. Pago 150 pesos de transporte nomás para ir por ella. Somos en casa, mi mujer e hija. Ella no trabaja porque tiene que cuidar a su papá. Aquí puro proyecto productivo. La pesca ya no, pero una vez vinieron a ofrecer empleo y que si eras mayor de 45 años ya no. Yo tengo 60. Y en cambio yo veo a los diputados ahí nomás echados. Sí tenemos una casa de Salud, pero con todos los pequeños detalles que no funcionan: que el señor doctor es un enojón, que la enfermera nos trata mal, que la cita la pueden dar a las cinco de la mañana y llegar a las cuatro, y el doctor llega hasta las nueve. Y la gente está ahí toda la mañana. Hay una doctora particular, 250 pesos por consulta, aparte el medicamento".

Muy delgado y piel ceniza. Labios pálidos de quien ha pasado muchas hambres. Con los ojos hundidos y amarillos anunciando un hígado agonizante. "Yo me dedico a la albañilería. Me acaban de cortar aquí en la obra. Anduve allí en el vado. Allí anduve, pero como ya está terminando esto, ya nomás se quedaron como unos cuatro o cinco. Ahora voy a pedir chamba para acá donde haya, porque ya no queda otra. Está difícil porque no tenemos estudios aquí. Somos siete de familia, ya son tres que me ayudan a trabajar. Una hija ya se me casó, la más grande. Cuando vamos con la doctora particular por un piquete de alacrán, tiene unas medicinas que son muy buenas. Hay unas inyecciones de 500 pesos y otras más económicas. Yo acá en la obra estaba ganando mil 800 pesos a la semana, con horario de ocho a seis de la tarde, los sábados todo el día y el domingo medio día".

Unos jóvenes cruzan por la carretera. Llevan sedal con fino anzuelo en las manos. Van apurados. La madre los mandó a ver qué pescaban para acompletar el almuerzo de ese día.

"De repente se pone rudo, de repente no (risa nerviosa). Pero todo tranquilo. Orita yo no estoy yendo a la escuela porque no tengo los papeles aquí, los tengo allá, en México. Quiero ser doctor. Orita tenemos una cancha de fut? Aquí lo que pesquemos, nos lo comemos".

Este ejido vio tiempos, si no mejores, más fáciles. La papaya y los cocos se daban, amén del río que los proveía de un pescado que ahora está muy escaso y de tallas menores. ¿Qué diablos le pasó a las palmeras? ¿Ya no dan? ¿O sale más caro cosechar que lo obtenido por la venta?

 

Don Inocencio, de buen humor y mejor semblante, pese a todo, nos refiere: "Una gruesa de coco (12 docenas) te la bajan de la palmera por 35 pesos. Tú bajas un promedio de 50 o 60. El que lo pela y saca la pulpa, otros 35, y ahí ya le invertiste 70. El que baja o pela, hace una gruesa en 15 minutos, 10. Pero esto sólo se va haciendo cada tres meses. Y son los gastos que hace uno. El que recoge los cocos cobra 150 y el burro que los acarrea 300. Si yo lo llevo a la aceitera el carro me cobra 40 pesos por el costal. Si llevo 10, me cobra 400 pesos (risa nerviosa). Pero hay empresas que acaparan la compra. Se lo llevan allá por Coyuca a Tecpan, hay una aceitera que le decimos nosotros. Ahí lo muelen y sacan varios productos. Ora no se desperdicia, pero lo vendemos al cocotero como fruta. Si lo trabajo, ¡me quedan dos mil pesos! Y todo el día en el monte sudando, tomando agua caliente, con hambre", ¿por dos mil pesos cada ocho meses?.

Hace dos meses no les surten agua potable. Algunos tienen pozos, pero la mayoría quedaron cubiertos de fango. La pesca este año se verá todavía más afectada por el "mentado vado" impide el paso de los peces que del mar se internaban en el río. Y ¿cómo le hacen las mujeres? Para eso don Rosendo enfila cuesta arriba y llegando al tianguis nuestro de cada día que se extiende como rémora pegada al empobrecido mercado. Ahí están por fin las mujeres. Los niños brotan de todos lados y nos envuelven. Las mujeres del ejido no son menos amables, por el contrario, nos miran y de inmediato nos abren sus vidas y sus corazones.

"Aquí la vida está muy difícil. Mi madre me dice que antes sí estaba más fácil. Usted dígales a los de la capital que vengan a ver cómo estamos. Nomás nos censaron y ya no vinieron a ayudarnos. Los muchachos no tienen en qué entretenerse. Mire a ésta (señala a una chiquilla) tiene 21 años y ya parió a dos hijos".

"Los hombres de aquí ya no quieren mantener. Ni se van lejos, nomás se van con otra. A mi marido me lo mataron y me quedé con cuatro hijos. Cuando se vinieron las lluvias se me cayó mi techo de palma y ni quién me ayude a levantarlo. Sí nos dan Oportunidades [programa de asistencia social creado en el gobierno de Vicente Fox], pero son 250 pesos cada dos meses. Y a mí como viuda me pasaron a un Esquema Diferenciado y no me dan nada. Llevo así dos años. Hasta le pedí a un abogado y fuimos, pero me dicen que me espere. Mando a mis hijos al monte por alguna iguana o armadillo".

Las bodas son los pocos momentos donde la comunidad olvida rencillas y carencias. Se necesita padrino de todo o el festejo está condenado a fracasar. Allí es cuando seguramente se comerá pollo y se ingerirá alcohol. Uno de esos sucesos que parecieron ensayados tuvo lugar ante nuestros ojos. Una de las jóvenes y acabadas madres de familia me explica que el menú lo conforman principalmente arroz y frijoles.

 

Cuando le pregunto si no comen pollo, un pequeño de cinco años tira del brazo de la madre y, con ojos esperanzados, le suelta: "Me gusta el pollo, quiero pollo". La mujer se turba y apena porque está a punto de exhibir públicamente su pobreza. Una miseria que se adivina, pero de la que no se habla, como todo en la doble moral mexicana. Voltea a ver al niño y le explica que no le alcanza el dinero. El pequeño que aún no aprende a rendirse, ni entiende su "lugar en la vida", en este país de castas, le espeta a su madre mostrándole cuatro pesos en la palma de la mano. "Yo aquí traigo dinero para el pollo, mamá", dice.

 

Y por si fuera poco, al perro más flaco se le cargan las pulgas. Este poblado no es la excepción y claro que ha sido visitado por delincuentes y policías corruptos.

 

Inocencia, a media voz: "No pues de eso sí no me pida que le cuente, pero sí hay muchísima violencia. Antes sí venían a pedirme. Yo pagaba 10 litros de gasolina cada semana. Pero ya dejaron de venir, igual ya mataron al señor, porque ya no viene. Era judicial. Con las "españolas" se llevaron toda la gasolina. Más de tres mil pesos se llevaron. Me vaciaron toda la cerveza. Los ministeriales, esos fueron. Ya ve que andaban en la casa de las españolas, sí se acuerda, ¿no? Para mí que eran alquiladas, cuál violadas. Y los que agarraron ni han de haber sido. Se llevaron mi gasolina, las garrafas, la manguera, se llevaron todo; hasta la cerveza que había aquí".

 

Me rehúso a pensar que todo lo que nos parece una tragedia puede traer consigo algún beneficio. Aquí en Lomas de Chapultepec, Guerrero, se cumplió al pie de la letra: cuando lograron la construcción de ese puente 45 años prometido, sin saberlo, abrieron las puertas no sólo al comercio y hasta algún fugaz turismo, sino también a los delincuentes quienes, al más puro estilo de forajidos del Viejo Oeste, van de pueblo en pueblo causando sinsabores.

 

En Lomas de Chapultepec, donde anteriormente se producían cocos y frutos tropicales, donde se podía pescar y hasta atrapar iguanas o cocodrilos, hoy miran anhelantes otros horizontes, realidades ajenas que les quedan muy distantes. Ésas que les muestran las telenovelas y que para el campesino convertido en albañil o la ama de casa en empleada del hogar, no se ven fáciles de alcanzar, dada la asimetría de esta sociedad que se ha fincado en la riqueza de unos pocos y la pobreza de los demás.

 

Un país con 25 millones de habitantes en pobreza alimentaria, de los cuales en los primeros cuatro meses de 2013 se nos habían muerto cerca de cinco mil de pura hambre. Hay millón y medio de niños desnutridos que difícilmente alcanzarán los seis años. México, que más allá de sus cacareadas reformas y sus obras de relumbrón, tiene los dos municipios más pobres de Latinoamérica en Guerrero, que ahora también tiene la ciudad más violenta del mundo: Acapulco.

 

El hambre duele. El hambre huele a miedo. Los habitantes de las otras Lomas de Chapultepec deberían pensar en justicia social por conciencia y si no, en el rencor social por puritito miedo.

Ahora lee: Las dos Lomas: Lomas de Chapultepec (Ciudad de México).

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